Textos confinados I: confinamientos voluntarios

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«El alma elige su propia compañía y después cierra la puerta».

Tal día como hoy de hace 134 años fallecía en Amherst, Massachusetts, la autora de este bello verso, la poeta Emily Dickinson. Nacida el 10 de diciembre de 1830, Emily vivió la mayor parte de su vida recluida voluntariamente en la casa familiar, desde donde escribió cerca de 1.800 poemas y cientos de cartas. La escritura fue su modo de expresión para transmitir la vida; vivió entregada a plasmar en poemas las pasiones que bullían en ella y se relacionaba con sus amistades a través de correspondencia.

Escriben de ella que era una persona cultivada, tímida y solitaria, cualidades todas que se reflejan en sus escritos y que nos permiten intuir una personalidad tenaz y perseverante que dedicó su vida a componer versos que, salvo en contadas excepciones, permanecieron inéditos hasta después de su muerte. En una época en la que ser mujer y vivir de espaldas a la sociedad no eran precisamente la mejor carta de presentación para un autor que quisiera vivir de su escritura, ella optó por concentrarse en buscar su voz y consagrar su tiempo de vida a volcarla en el papel.

El esfuerzo dio sus frutos y hoy en día Emily Dickinson es considerada como una de las poetas fundamentales de todos los tiempos: sus poemas gustan a los lectores porque consiguen aproximarse a temas profundos y trascendentales en un tono cercano, y gustan también a otros poetas porque transmite con ellos un modo de vida, una posibilidad de estar y ser que inspira.

En la Biblioteca contamos con varias ediciones y recopilaciones de sus poemas, así como fragmentos de su correspondencia con diferentes amistades y obras biográficas a través de las cuales diversos autores se aproximan a su figura.

Igual que ella, otros escritores optaron también por recluirse en casa para aislarse del ruido del exterior y centrarse en encontrar y desarrollar una voz propia. Es el caso de Marcel Proust, quien pasó sus últimos quince años de vida sin apenas salir de su casa en el bulevar Haussmann. Su monumental En busca del tiempo perdido quizás no hubiera llegado a existir de no ser por esa larga época de confinamiento. Después de pasar años frecuentando los selectos salones parisinos, desde muy joven el asma le impidió hacer vida normal, hecho que le llevó a dedicarse por entero a escribir y reescribir de manera casi obsesiva hasta completar su gran obra para la posteridad. Si bien fue la enfermedad la que le recluyó en casa en la etapa final de su vida, Proust alabó desde joven las ventajas que para él conllevaba vivir encerrado, escribiendo que quien se enclaustraba “tenía una visión del mundo privilegiada”.

Es el caso, también, de la californiana Shirley Jackson, cuentista y novelista especializada en el género del terror doméstico. Su confinamiento empezó por las convenciones sociales de la época, que en el Vermont de los años 40, 50 y 60, y a pesar de su talento, la obligaban a anteponer su faceta de madre, ama de casa y abnegada esposa a la de creadora literaria. Continuó con el permanente rechazo que sufrió en la comunidad en la que vivía debido a la incomodidad que generaban sus relatos; que una madre de familia numerosa fuera, a su vez, autora de un cuento tan terrible como La lotería era para muchos de sus vecinos incompatible y, por consiguiente, censurable. Escribió de forma compulsiva durante años sin salir, casi, de casa pero toda esa presión social hizo mella en la autora, que sufrió de ansiedad y agorafobia. Los fármacos recetados para tratar sus trastornos, unidos a un creciente abuso del alcohol y otros medicamentos, contribuyeron al deterioro de su salud y precipitaron su temprana muerte.

Un cuarto ejemplo paradigmático de confinamiento voluntario es el de J.D. Salinger que, casi desde el mismo momento en que publicara El guardián entre el centeno en 1951, se convirtió en un clásico generacional que a día de hoy se sigue editando y del que se venden cientos de miles de copias cada año. Así, con solo 30 años recién cumplidos Salinger se había enamorado de alguien que lo abandonaría por otro, había participado en la Segunda Guerra Mundial y accedía al olimpo de los escritores de éxito, con todo lo mejor, pero también con todo lo peor, de adquirir esa notoriedad. Quizás por haber vivido tanto, o de forma tan expuesta al comienzo de su vida, el creador del mítico Holden Caulfield decidió aislarse del mundo y retirarse a una granja en New Hampshire. Allí vivió durante más de cuatro décadas haciendo lo único que le gustaba hacer: escribir. En boca de su personaje más famoso puso estas palabras que bien podría haberlas pronunciado él mismo: “Les aseguro que si fuera pianista o actor de cine o algo así, me reventaría que esos imbéciles me consideraran maravilloso. Hasta me molestaría que me aplaudiesen. La gente siempre aplaude lo que no debe. Si yo fuera pianista, creo que tocaría dentro de un armario”.

Éstos y otros muchos escritores vivieron parte de sus vidas aislados en busca de la creatividad que les permitiera desarrollarse en la literatura. Tal vez los cuatro fueron personas solitarias, personas a quienes suponía mayor esfuerzo estar acompañados que solos. Por diferentes motivos, sus circunstancias vitales les fueron llevando, en uno u otro momento de sus vidas, a confinarse en sus casas y a aunar su tiempo, su intelecto y su esfuerzo en conseguir poner negro sobre blanco historias que sucedían en su imaginación. El aislamiento les permitió, en palabras de Proust, evitar vivir hacia fuera “desentendiéndose de uno mismo” y permanecer volcados hacia el interior de uno mismo, disfrutando de la “dulzura de la suspensión de vivir”.

Quizá los cuatro sonreirían divertidos si supieran que estas semanas de 2020 el mundo, y con él sus libros, han permanecido también confinados, como lo estuvieron antes ellos. Pero los ejemplares de las obras de y sobre Proust, Jackson y Salinger de la Biblioteca ya empiezan a desperezarse y a prepararse para volver a deleitar a lectores que los saquen finalmente de su letargo.

 

 
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