Juan Luis Moraza. Interpasividad

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30/11/1999 - 5/2/2000


Artistas: Juan Luis Moraza
Textos: Santiago Alba Rico, Dan Cameron, Juan Luis Moraza
Montaje: Arteka S.L.
 




De ágora a market, de templum a web, de monumento a multimedia, desde el reality-show a el alternative-art, pasando por las formas más perversas y subliminales de retórica publicitaria, desde el bricolage a la opera aperta …lo que se escenifican son los mitos de inmediatez, reciprocidad y libertad de expresión; Pero el consumo dirigido, la formación de la opinión pública, la teatralización de la representatividad, el negocio del ocio …muestran la ausencia de un principio de “libertad de aprehensión”, pues la capacidad de influencia no es simétrica.

Esta paradoja advierte la debilidad del espacio social; Realidad virtual, infovías y fundamentalismos (raciales, nacionales, religiosos) compensan esa generalizada falta de complicidad con ofertas de identidad y simulacros de comunidad, con una fantasía de concordancia que se inscribe en la circularidad del principio de placer, -un deseo intratable y voraz de gratificación total ajeno a toda negociación, a toda conciencia de límite… Así, las nuevas tecnologías de la comunicación programan más bien una incomunicación interpersonal compartida, una soledad transmitida: la distancia y la coincidencia solitaria en un (con)sentimiento de falta de reciprocidad.

La intervención queda sublimada en expectación; La comunicación interpersonal queda sustituida por una interacción objetal (consumidor/oferta) que solamente permite una comunidad pasional -se tiene en común aquello que nos es dado a sentir-, una comunidad de percepción, una sociedad de naturaleza interpasiva, interpasional. Los sistemas de mediación (industria cultural, aparato crítico, promoción, presupuestos) contribuyen a mantener el estatuto mítico del artista como administrador de una experiencia no colonizada por el “sistema”. El ocio programado (TV o Museo) permite introducir ese espacio supuesto salvaje en la categoría de lo cultural, ofreciendo un arte que se muestra tanto más inmediato cuanto más oculta su condición mediada y mediadora. La reciprocidad ha sido sueño moderno por excelencia; en ella quedan suspendidas las simetrías de derecho, las desigualdades de hecho, las turbulencias de la conciencia. Si la estatua pública fue uno de los signos ideológicamente más convincentes en la semiótica de la ciudad -ese teatro de procesos inherentes al poder-, el nuevo arte -periférico, interactivo- asume los mismos programas simbólicos y funcionales, pero adecuados a un nuevo y problemático diagrama de la representatividad, de la legitimidad, de la polis…

En esta exposición, la interactividad es antes tema que presupuesto, referencia sobre la que se vislumbra el fantasma de una pasividad compartida. Cada obra elige su espectador, aspira a sintetizar una mirada, a ser imagen de síntesis de imágenes, a provocar un proceso receptivo en el que la empatía, la simpatía, la identificación, la transferencia, el gozo, identifican al espectador como agente. Esta idea de interacción excede la sacralización de los índices de audiencia; no equivale a convertir el diálogo (correspondencia) en retórica (expresión), ni a propiciar equivalente mecánicos (metafóricos) de la reciprocidad (manivelas, mandos, pulsadores, etc.). Mediante los señuelos de la espectacularidad jovial, esta exposición cuestiona elocuentemente el lugar de la obra en el lugar del espectador, en estratos de sentido que se ofrecen pacientemente a la curiosidad emocional y cognitiva del espectador real.