Orientalismos, una aproximación contemporánea

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4/6/1998 - 29/8/1998

Comisario: Gloria Picazo
Artistas: Marina Abramovic / Ulay, Alighiero Boetti, Miquel Barceló, Francesco Clemente, Enzo Cucchi, Wolfgang Laib, Bill Viola
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Nota de Prensa:

ORIENTALISMOS EN EL ARTE CONTEMPORÁNEO

Las profundas huellas que el viaje a Oriente ha dejado en el proyecto creativo de artistas y escritores, se han ido repitiendo con insistencia a lo largo del siglo XX, y a menudo este acercamiento revela no sólo un profundo respeto, sino también la intuición de haber transitado superficialmente por los intrincados caminos del pensamiento oriental. En este sentido la actitud del malogrado escritor Octavio Paz fue sumamente reveladora de la impronta que el acercamiento a un país como la India, puede dejar en el corpus literario de un autor. Pero también Alberto Moravia, Pier Paolo Pasolini, André Malraux o Juan Goytisolo, por tan sólo citar algunos nombres, mostraron y siguen mostrando un profundo interés por esas otras culturas. Sus opiniones y las consecuencias que de ellas se han desprendido han supuesto un cuestionamiento sobre los valores esenciales del mundo occidental y la constatación de que “el encuentro” -término empleado por Malraux- con otros pasados y presentes se produzca de forma auténtica, ahondando en los fundamentos de esas culturas y rechazando la noción de exotismo que había prevalecido en el siglo XIX a raíz de los efectos de la colonización.

Más allá del gusto por lo oriental impulsado por Eugène Delacroix y por el grupo de pintores orientalista a mediados del siglo XIX, el interés y la curiosidad por el Otro y por lo Distante han impulsado una mirada nómada que ha tenido sus fervientes seguidores entre artistas y escritores a lo largo del presente siglo. En unos casos fue la huida en busca de otras fuentes de inspiración y de experiencias vitales diferentes, en otros la perpetuación de ese deseo de descubrimiento que ha caracterizado la humanidad, y en este sentido es curioso constatar cómo los orientalistas viajaron a la apertura del Canal de Suez en 1869, mientras que diez años más tarde Arthur Rimbaud desde Abisinia y Paul Gauguin desde Pont-Aven soñaban con poder contemplar el futuro Canal de Panamá. En su caso, se trataba de un viaje motivado por la fascinación ante el progreso técnico, en cambio los viajes iniciados a partir de la década de los sesenta, fueron en su inmensa mayoría un viaje de retorno a los orígenes, hacia una búsqueda de lo sublime, lo misterioso y lo auténtico, rechazando el exotismo y el colorismo, el carácter documental que podían adquirir sus producciones artísticas y una narratividad excesivamente inmediata y evidente.

Roland Barthes refiriéndose a las circunstancias que hicieron posible la aparición de su libro L’empire des signes, que muestra su personal visión de la cultura japonesa, señalaba “El Japón me ha puesto en situación de escritura” y así podríamos seguir vaticinando que Tahití puso en “situación de escritura” a Paul Gauguin, Túnez lo haría en el caso de Paul Klee y Auguste Macke, Argelia lo sería para Henri Matisse, André Derain y Jean Dubuffet, Egipto impresionaría particularmente a Kees van Dongen y la India dejaría una profunda huella en la obra del pintor británico Howard Hodgkin, como ya lo había hecho también en la poesía y la prosa de Octavio Paz. Asimismo, el interés por lo japonés vendría impulsado por la presencia de Japón en la Exposición Universal de París en 1867 y por la divulgación de las estampas japonesas de los pintores Hokusai, Hiroshige, Ikeda y Utamaro, lo cual dejó una impronta evidente en James Whistler, Toulouse-Lautrec y Vincent Van Gogh, quien siempre anheló conocer este país. A estos nombres podríamos añadir los muchos “orientes” que Yves Klein por el Japón y su acercamiento al budismo zen y el conocimiento de las enseñanzas de Krishnaumurti y su Sociedad Teosófica que Jackson Pollock tenía y que compartió más tarde Francesco Clemente.

Con los ejemplos citados, nuevamente se pone de manifiesto la amplitud del término orientalismo y puede observarse cómo estos viajeros, tanto se dejaban fascinar por los estereotipos orientales como se empeñaban en adentrarse en la particular idiosincrasia de los paises visitados. Asimismo , como insistía Edward W. Said, todas estas visiones contribuyen en cierta manera a “orientalizar Oriente” y al hecho de que esta consciencia orientalista exista tan sólo cuando se manifiesta a partir de un punto de vista occidental. Por este motivo las relaciones entre Oriente y Occidente han sido ambivalentes y a menudo han sucumbido al ardid teñido de exotismo que ha caracterizado estos frecuentes encuentros. En consecuencia, durante la última década y a partir de la exposición “Magiciens de la Terre”, presentada en París en 1988, se están suscitando numerosas reflexiones que apoyan la idea de descentralización, insisten sobre el peligro de globalización que acecha la cultura actual y defienden el multiculturalismo como una plataforma de intercambio de ideas y de igualdad de oportunidades entre culturas diferentes. A pesar del debate crítico que conllevó la citada exposición, lo cierto es que desde ese momento se instauran ciertos atisbos de mala conciencia en el ámbito artístico occidental, que provocan un sinfín de exposiciones y textos que pretenden potenciar un diálogo abierto y en igualdad de condiciones entre Oriente y Occidente, o mejor dicho entre el Primer y el Tercer Mundo.

Algunos de los artistas seleccionados para la exposición “Orientalismos” estuvieron también presentes en “Magiciens de la Terre” y su selección vino motivada por ese acercamiento sensible, respetuoso y sobre todo vivencial a sus distintos Orientes. Una aproximación que revela distintos motivos: el impulso del viaje, el interés por conocer de cerca otras culturas y una especial inclinación literaria, que a menudo les mueve a salir al encuentro de experiencias leídas entre las páginas de Rimbaud o Flaubert. Pero sus razones no pueden entenderse sin contemplar la especial situación surgida a finales de los años sesenta, en la cual Oriente se convierte en un nuevo horizonte para las generaciones más jóvenes y en pasaje obligado que propiciará nuevas tentativas artísticas, desde las experiencias musicales de los Beatles y Donovan, a las tapicerías afganas de Alighiero Boetti, las miniaturas de Francesco Clemente o bien los escritos nómadas de Bruce Chatwin, viajando sin cesar desde Sudán a la Patagonia y Australia.

Así Enzo Cucchi siguió los pasos de Rimbaud en Abisinia y de ahí surgió una serie de pinturas dedicadas a revertir sobre la tela la experiencia del desierto vivida por el poeta, mientras que Miquel Barceló, instalado en Malí, retoma el paisaje y las costumbres del País Dogón, como un retorno inevitable a las fuentes de la creación. Para Francesco Clemente, conocer y vivir en la India, fue un motivo para tratar de acercar nuevamente su obra a la realidad y de ahí surgieron pinturas, dibujos y libros que durante más de 20 años han tratado de mostrar su personal comunión con la cultura hindú. En el caso de Alighiero Boetti su utilización de artesanos afganos para realizar sus tapices, fue una decisión que vino motivada por considerar el hecho de tejer como parte de la memoria colectiva del pueblo afgano que tanto amaba; pero con los conflictos políticos que sufre este pueblo, fue también una manera de denunciar y apoyar su situación. En sus primeros videos, Bill Viola muestra un interés especial por el viaje, ya fuera a Túnez recorriendo el lago salado Chott-el-Djerid o bien trasladándose a Japón, para ampliar no tan sólo sus conocimientos técnicos sobre el vídeo, sino para sumergirse plenamente en la cultura de este país. En el caso de Marina Abramovic y Ulay, sus múltiples viajes confluyeron en una experiencia singular, recorrer más de 2.000 kilómetros de la Muralla China, para propiciar un encuentro, que a su vez sería despedida definitiva de su relación, tanto profesional como personal. Finalmente, Wolfgang Laib ha manifestado repetidamente su interés por el sufismo y el budismo y de su obra se desprende un profundo acercamiento a la naturaleza, a partir de elementos y gestos de una simplicidad máxima.

La admiración manifestada por estos artistas tiene en este fin de siglo un futuro diverso e incierto. El multiculturalismo y la globalización pueden tender a una uniformización de culturas, que si bien nos está llevando a un proceso de revisión en cuanto a la problemática de las identidades y a ser menos arrogantes en la defensa de nuestra propia cultura, también es cierto que podrían conducirnos a un cierto hibridismo, si no se asimilan con cautela las inevitables influencias.

Glòria Picazo

 
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